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Juana Azurduy: La Heroína del Alto Perú

13 julio, 2020

El 12 de Junio de 1780 contemporáneo al estallido de Tupac Amarú, y casi a cuatro años de la creación del Virreynato del Río de la Plata, nacía en la ciudad altoperuana de Chuquisaca, Juana Azurduy. La madre superiora del Convento de Santa Teresa, le pidió a la madre de Juana que la retirara «por sus actos de desacato y rebeldía». Juana no había nacido para obedecer, y menos para monja, como en principio pensaba su mama. Se enamoró de joven del comandante Manuel Ascencio Padilla, con quien combatiría por su tierra contra el dominio español. Se casó con él, en 1805 y tuvo a Mariana, Manuelito, Juliana y Mercedes.

En 1810 una vez sucedida la revolución de mayo, alojó en su casa a Juan José Castelli, que continuaría viajando un poco más al norte para declarar a los indígenas libres y exentos de pagos de tributos, en la ciudad de Tiahuanaco. A Castelli, lo conocía de antes, de 1809, junto a Monteagudo y Mariano Moreno, quienes habían sido los cabecillas de la revuela de Chuquisaca el 25 de Mayo, un año antes de la revolución porteña.

Juana trabajaba en el campo de su padre Manuel Azurduy, convivió con los indios y los criollos, y observaba mucho el poder de mando de su madre. Con Padilla compartió amor, y guerra. La pareja defendió de los realistas el norte de Chuquisaca y las selvas de Santa Cruz de las Sierras. Cuando en 1809, Padilla no dudo en acompañar la causa americana y sumarse a la revolución, la represión de José Manuel Goyeneche fue salvaje. Juana defendió su casa a los fustazos. Y cuando soldados realistas la atacaron, esta mujer supo defenderse. Como era costumbre, cuando el hombre del hogar era un revolucionario, no sólo se quedaban con su casa, sino con su mujer. Dos soldados realistas murieron en el intento, a manos de esta mujer valiente.

El suegro de Juana, Melchor había sido condenado al calabozo, por ser parte de le revolución india de 1784. Finalmente murió en una cárcel de Buenos Aires, lo que generó un resquemor contra lo españoles de parte de Manuel.

En 1813 se vió obligada a dejar su casa que finalmente tomaron los godos. Primero se refugió en la casa de una amiga, y posteriormente en el monte. En todo el norte se instaló la «guerra de republiquetas», eran una docena de caudillos que peleaban de manera independiente en contra de los españoles. Martín Güemes y la pareja Azurduy-Padilla, peleaban en el norte argentino. Los infernales de Güemes la admiraban, y Juana terminó coronela de los soldados de Padilla, que la respetaban hasta el cansancio. A pesar de vencer en Tarvita y Pomabamba, la masacre de los realistas, hizo que debieran separarse. Por acción del paludismo la pareja se quedó sin su tesoro más preciado: sus cuatro hijos. Sin embargo, en pleno ataque español, un par de años después, dió a luz a Luisa.

«El padre de los pobres» Martín Gúemes la nombró coronela a Juan Azurduy.

Juana salvó a su marido que había caído prisionero en febrero de 1814 en una operación relámpago que dejó sin rehenes y sin palabras al enemigo. Juana fue una estrecha colaboradora de Güemes y por su coraje fue investida con el grado de teniente coronel de una división explícita llamada “Decididos del Perú”, hecho inédito para una mujer. Luchó junto al salteño, hasta que lo asesinaron, disparándole a traición en 1821

Como si fuese poco cuando Manuel Belgrano se encontró con Juana, que se había quedado sin sable en una batalla, Belgrano le regaló el propio, aquel sable de la victoria de Salta y Tucumán. En 1816 Juana y Manuel llegaron a tener un ejército de 6000 hombres, para defender Chuquisaca y alrededores. Luego de que asesinaran a Manuel y le clavaran la cabeza en una pica, tas ver la Plaza de armas hecha un reguero de sangre. Nuestra heroína, tenia a Luisa, y el reconocimiento de sus pares. Una tarde de noviembre de 1825 al abrir la puerta de su casa, se encontró nada menos que con el general Simón Bolívar. Se fundieron en un abrazo profundo y las palabras del general fueron, «esta república, en lugar de hacer referencia a mi apellido, debería llevar el de los Padilla”. La referencia a su compañero la emocionó, y volvieron a abrazarse.

Tiempo después y gracias a Bolivar, obtuvo una pensión vitalicia de 60 pesos, que fue aumentada por el presidente de Bolivia, Mariscal Antonio Sucre. Posteriormente le aumentaron a 100 pesos dicha pensión. Sin embargo la burocracia le ganó, y finalmente dejó de cobrarla.

Los giros inexplicables del destino, hicieron que Juana Azurduy muriera en una casa de la calle España, y un 25 de mayo. Corría el año 1862. Pobre y olvidada dejaba el mundo esta heroina de la Patria grande.

Ahí en las quebaradas del norte argentino, o en las selvas bolivianas, ahí anda Juana, como cuenta Hernán Brienza, en su libro Valientes: «Junto a los rostros de Moreno, Castelli, Belgrano, San Martín, Artígas, Bolívar, Güemes, Dorrego y tantos otros, asoma su rostro aindiado, el de la flor del Alto Perú, aquella mujer que junto a su hombre encendió la tierra de libertad. Una tierra que todavía está ardiendo».


Matías J. Escot es docente de Historia . Apasionado por la historia argentina, letras y política. Escritor, divulga la historia de nuestro país en Relatos del Sur Autor del libro “Escritores en Combate 1”


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