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MEDIANERA

24 marzo, 2021
Me ofreció el mundo,
me ofreció volar
me ofreció tirarme
desde lo alto del templo…
Héctor Viel Temperley

Camila fue mi amiga secreta durante un tiempo. Apareció una calurosa tarde de verano, espiándome desde la altura de la medianera, mientras yo jugaba con mis soldaditos. Con el tiempo empezó a hablarme y una vez que se animó, saltó hacia mi terraza.


La mayoría de las veces jugábamos ahí, entre la ropa tendida al sol, porque podíamos charlar de nuestras cosas, lejos de los adultos. Tenía la mirada más celeste que yo recuerde. Las pecas se le dibujaban en los cachetes y su pelo rubio se pintaba de colorado bajo el sol. Hablábamos poco, jugábamos mucho y me encantaba verla sonreír. Y a veces, en su ausencia, pensaba en ella. Nuestra relación fue un silencio en ambas familias. Ella tenía prohibido salir de los límites de su casa, ni hablar con nadie. Eso solo lo hacía por mí.
Ella parecía no tener demasiada actividad, y pasaba mucho tiempo
sola. Tenía suerte, porque no iba a la escuela. Su tío le enseñaba todo lo que sabía. Me mostró cómo había aprendido a usar el cuchillo y quedé sorprendido. Esa no era su única habilidad.
También me dejan limpiar armas. Hablaba poco. Pero cuando abría la boca, a veces, decía cosas raras.
Una tarde, a la hora de la siesta, mientras jugábamos a la guerra con palos, le pregunté a qué se dedicaba su papá. Hizo un prolongado silencio antes de responder.
Trabajaba en una fábrica. Pero un día se tuvo que ir porque lo estaban buscando.

Por las noches espiaba hacia su casa esperando escuchar ruidos, ver alguna luz encendida, algún vestigio que delatara la existencia de una vida familiar. Pero nunca pude oír nada.
Cada vez que le preguntaba por su familia, ella respondía lo mismo.
No puedo contar nada. De hecho, alguna vez me confesó que Camila ni siquiera era su verdadero nombre.
Jugábamos casi todas las tardes. Eso sí, ella venía siempre a casa. Yo
nunca traspasé la medianera hacia su patio porque me daba miedo la
altura. Y también su familia.
Una mañana, fría y ventosa de domingo, la vi sentada sobre la medianera, junto a la terraza. Su pelo largo flameaba en la cornisa. Estiraba sus brazos emulando el vuelo de un ave. En la mirada se le asomaba una despedida inevitable, entonces sentí el impulso de abrazarla. Me tendió su mano para que trepara junto a ella. Algo me
decía que me iba a arrepentir si no lo hacía. Busqué la escalera en el galpón del fondo y la apoyé contra la pared. Temblé en cada escalón hasta que llegué la cima. Una vez que estuve cerca, me ayudó con su mano fría y pude, con un miedo tremendo, colocarme a su lado.
Camila miraba el barrio y sonreía desde aquél altísimo punto de vista, me estaba convidando con el paisaje, me lo enseñaba. A pesar del rugido del viento, podía escucharla con claridad.

Llegó la hora de volar.

Nos pusimos de pie. Nos abrazamos torpemente. Cerré los ojos. Me aferré a su mano y respiré con determinación. Sentí el frío en todo mi ser y una sensación de tranquilidad me invadió por completo. Juro que iba saltar, que estuve a punto de hacerlo sin siquiera pensarlo unos instantes. En el preciso instante en que mi cuerpo encontró esa paz que jamás volví a experimentar, mi nombre montado en el alarido de mi mamá,
retumbó en el aire. Abrí los ojos. Mi madre se agarraba la cabeza con terror. Y en su desesperación pedía auxilio a los gritos para que los vecinos me ayudaran a bajar.

La tristeza llegó en ese momento y se alojó en mi vientre. No recuerdo una sensación semejante en todos estos años. También hubo miedo ahí.
No hizo falta que mirara hacia mi lado. Camila ya había desaparecido.

IMÁGEN: Film Infancia Clandestina. Dir: Benjamín Avila. (2011).

Charly Longarini. Escritor y Periodista. Escuchalo en La Patria Futbolera. Miércoles de 19 a 21 hs. https://www.onradio.com.ar/ Redes: https://www.instagram.com/charlylonga/