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CARLOS MUGICA x EDUARDO DE LA SERNA

13 mayo, 2022

En los grupos cristianos (“cristianuchis”) en los que militábamos a principios de los 70, empezó a ser casi un mandato que la expresión de fe tuviera su correlato social. Y muchos, si no casi todos, empezamos a subir al pueblo. Esto, como es evidente, cuando empezó a abrirse a una salida política, y las elecciones (las primeras verdaderamente democráticas en más de 15 años), estaban en el horizonte, llevó también a que de lo social pasáramos a la militancia política.

Así fue que, conociendo a Inés, hija de Carmen, hermana de Carlos Mugica, yo me acercara y me ofreciera colaborar con él en la villa 31. Mi primer encuentro con Carlos, hacia mediados del 71, fue breve y simpático: “- ¿Y qué hace un de la Serna en una villa?”, me preguntó irónico. “- Lo mismo que un Mugica”, le respondí, irónico también yo. Desde entonces empecé a colaborar en el apoyo escolar. Martes y jueves por la tarde iba a una casillita que quedaba a unos 100 metros de la capilla Cristo Obrero, al lado de la canilla.

“El maestro zurdo”, me decían cariñosamente los pibes y las pibas por eso de que escribo con la mano izquierda. La tarea era ver los cuadernos del colegio y hacerles hacer trabajos del estilo. A Carlos no lo veía nunca, yo llegaba a la tarde y me iba ya de noche. Mi contacto era telefónico con una colaboradora, exigente a morir (¡como es justo que sea!) y ¡pobres de nosotros si faltábamos un día, aunque fuera por exámenes! Con el tiempo empecé a ir también los domingos a la misa en la 31. Llegaba y me ponía en el fondo, parado contra la pared; ¡menos mal! Porque después supe que a gente que iba para verlo a él, los rajaba de los asientos, porque eran de y para los villeros. Así, recuerdo, en una misa, conocí a Alberto Carbone que acababa de ser liberado de la injusta cárcel de la dictadura. Estuvo también Macuca Llorens, en esa misa; ¡otro grande!

Más de una vez, al terminar la misa, Carlos me pidió que lo acompañara a una casilla que quería ver o escuchar a alguna persona. Yo, aprendía.

Cuando empezaba a abrirse el proceso electoral (pero todavía no estaba consolidado y la amenaza de que se suspendiera estaba vigente), a fines de 1972, Carlos fue invitado a El Pueblo quiere saber, el programa de TV conducido por Raúl Urtizberea. “- Todas las preguntas que me van a hacer van a ser políticas… no tengo problemas en contestarlas, pero yo soy cura… Vengan ustedes y háganme alguna pregunta religiosa” fue la consigna que nos hizo a unos 3 o 4 que lo acompañamos aquella vez. Un inefable helado fue el fin de la jornada. “¡Qué lindo que va a ser el hospital de niños en el Sheraton hotel!” cantábamos viendo que se levantaba ese gigante pornográfico que se veía desde la villa. Carlos lo odiaba… como odiaba a los Torino, el auto de moda en ambientes acomodados.
En 1973 ya había ganado Cámpora las elecciones y me surgió la posibilidad de viajar a Colombia. Lo llamé para despedirme y me dijo de todo: “- viene Perón a la Argentina ¿y vos te vas a Colombia?” Mi estadía en Colombia coincidió con tiempos muy revueltos en el país (viajé el 25 de mayo y volví el 17 de noviembre de ese año). Volví porque estaba preparando mi ingreso al Seminario.

Los tiempos eran, como digo, conflictivos, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo tenía un inédito protagonismo eclesial y social y, en el Seminario, 1974, se hablaba muy mal de todo esto. Especialmente después del 1 de mayo, día de un conflicto público entre la Tendencia Revolucionaria y el presidente Perón y su vice y su ministro (“está lleno de gorilas el gobierno popular”, se cantaba). Lo llamé a Carlos, me interesaba escuchar otra voz, la que me importaba, para pensar el rol político del cura distinta a la “oficial”. En el pre-seminario salíamos el domingo después del desayuno

a la noche, después de la cena. “- Venite a la misa del Instituto (los domingos por la tarde celebraba en el Instituto de Cultura Religiosa Superior, en Rodríguez Peña, entre Santa Fe y Marcelo T. de Alvear) y después charlamos y te vas al Seminario”. Eso quedamos, que algún domingo iría. Nunca pudo ser.

Un domingo, poco después, poco después, el 12 de mayo, me despiertan los compañeros avisando que habían matado a Carlos. En lo personal, quedé devastado. Para peor, el superior, en la misa dijo que “el que siembra vientos, recoge tempestades”, lo que me hizo proferir varios insultos interiores. Llegué a casa y pasé a buscar a Tere, amiga de años, que también colaboraba en la 31.

De la Serna. Influenciado por el primer obispo de Quilmes, Jorge Novak. Quien tuvo una posición comprometida conta la Dictadura Militar de 1976.

Ella no sabía de la muerte, por lo que tuve que calmar sus llantos. Razonables y justos llantos. Y de allí a Villa Luro, a la parroquia San Francisco Solano, donde empezaba el velatorio. Lo que recuerdo es que con insistencia se repetía el canto del Salmo: “Yo pongo mi esperanza en Ti, Señor, y confío en tu palabra”. Recuerdo haber visto llegar gente conocida. Después tuve que irme para volver al Seminario. El cuerpo de Carlos fue trasladado a la Villa donde siguió el velatorio para después ser llevado al Cementerio. Pero, ¡horror!, a los que estábamos en el pre-seminario, no nos permitieron ir al velatorio. Recuerdo eso como uno de los grandes dolores de ese tiempo (después, con la dictadura, vinieron nuevos).

Por eso, cuando se hizo el camino inverso (el 9 de octubre de 1999, a pocos días de su cumpleaños 69), y el cuerpo de Carlos fue re-localizado en su “casa”, en la 31, y los curas entramos en la Iglesia del Pilar fuimos los primeros en cargar el féretro. Yo, recuerdo, me aferré a una manija del cajón y hasta que no “sentí” que había elaborado el duelo, resistí los “embates” de la gente que quería también ella, y más justamente que yo, cargarlo. Así, al acompañar a Carlos a su morada de hoy pude recordar mi pasado, que no quiero que pase, y hacer presente una historia que pretendo que marque huella. Porque las huellas integran el pasado, desde donde provienen, con el presente, donde está marcada la última, pero también una dirección, es decir, el futuro. Los judíos dicen que el pasado no queda atrás, sino que está adelante para marcarnos el camino. Por eso, Carlos Mugica, ¡Presente! ¡Ahora, y siempre!

Eduardo De la Serna. Sacerdote del movimiento de curas de opción por los pobres. Director pastoral de la parroquia San Juan Bautista del decanato Quilmes Oeste. En la Diócesis de Quilmes. Autor de una veintena de trabajos teológicos. Escribió para El Cohete a la Luna, Tiempo Argentino y Página 12.


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