RELATOS SALVAJES, DEL CINE A LA VIOLENCIA ARGENTINA

por | Feb 13, 2026

Hace unos días me apareció en el teléfono un video corto. Un conductor atropelló a un delincuente que intentaba robar una moto en plena autopista. El video terminaba rápido, como terminan casi todas las cosas ahora: sin contexto. Lo que seguía era el verdadero espectáculo: los comentarios.

Yo sabía a que me atenía al presionar el botón con forma de globo de diálogo del reel, pero lo que vino me demostró que mi capacidad de asombro no estaba inhibida. No había dudas, ni preguntas, mucho menos matices pero había festejos. Emojis de aplausos, de fuego, frases celebratorias que parecían narrar un gol en tiempo de descuento. Cerré la aplicación con una sensación rara, una mezcla de tristeza y desconcierto. No por el hecho en sí —que ya era suficientemente brutal— sino por la alegría explícita ante la muerte de alguien.

No digo que no entienda el enojo. Sé que vivimos con miedo, con cansancio, con la sensación permanente de que nadie nos cuida y de que eso que llamamos Justicia no funciona. Pero otra cosa distinta es celebrar la desaparición del otro como si fuera una victoria personal. Y ahí pensé en Relatos Salvajes.

La película de Szifron funciona como una galería de estallidos cotidianos, que van de lo privado a lo público y de menor escala a mayor. Personas comunes empujadas al límite por pequeñas injusticias acumuladas, como el tránsito, la burocracia, las relaciones, la humillación pública. Todo explota en algún momento y somos testigos de eso.

Cuando la vi por primera vez me reí mucho, como casi todo el mundo. Hoy, algunos años después empiezo a preguntarme de qué nos estábamos riendo exactamente.

Bombita y el aplauso social al estallido

El episodio de Bombita es el más cercano a esa sensación que se palpita hoy. Un tipo común, profesional, padre de familia, que pierde la paciencia frente a un sistema absurdo en el que simplemente somos daños colaterales. Explota todo y, en lugar de condena social, recibe aplausos y admiración. Se convierte en héroe popular. Los usuarios en redes sociales, dentro de la diégesis de la película, alientan a que siga poniendo bombas en otros organismos del gobierno. En el universo de la película eso genera incomodidad. Afuera del cine, parece generar identificación.

Quizás por eso siempre sentí que Relatos Salvajes era hija directa de Un día de furia, (dirigida por Joel Scumacher) aquella película donde un ciudadano común (Michael Douglas), decide que ya no puede más con el mundo que lo rodea y resuelve con violencia a cada obstáculo que la sociedad y la vida moderna le ponen en el camino. Dos relatos distintos atravesados por la misma pregunta: ¿en qué momento el hartazgo deja de ser comprensible y se vuelve peligroso?

REDES SOCIALES Y VIOLENCIA

Volví mentalmente a los comentarios del video. A ese entusiasmo colectivo que parecía celebrar no sólo un castigo sino una eliminación. Y me pregunté si la ficción nos preparó para naturalizar ciertas reacciones o si simplemente las reflejó antes que nosotros mismos pudiéramos verlas.

Un Día de furia (1993). El 26 de febrero se cumplen 33 años de su estreno. El estallido de Bill Foster, (M.Douglas), por la frustración de la vida moderna.

¿En qué momento dejamos de ver personas para ver roles?
¿En qué momento el enojo se volvió más fuerte que cualquier idea de vida compartida?
¿Nos reímos de Bombita porque lo entendemos o porque secretamente lo aplaudimos?
¿Hasta dónde llega la empatía cuando el miedo se instala como rutina?
¿Y qué dice de nosotros el tipo de justicia que festejamos desde el celular?

Relatos Salvajes como espejo social

Relatos Salvajes, creo, sigue funcionando porque no ofrece respuestas. Muestra situaciones extremas con un humor incómodo que obliga a cada espectador a ocupar un lugar, pues puede reírse, puede horrorizarse o puede sentirse peligrosamente identificado. Lo mismo pasa cuando uno se enfrenta a ciertos comentarios en redes: el silencio propio también es una forma de posicionarse, de contribuir con una complicidad neutra.

Quizás lo más inquietante no sea la violencia explícita de las historias sino la reacción colectiva que generan. La película se vuelve un espejo donde cada uno decide cuán cerca está de cada estallido y de las consecuencias que conlleva cada acción. Lo mismo pasa con esos videos que aparecen entre recetas, goles y memes de gatos: de repente estamos discutiendo la muerte con la liviandad con la que compartimos una receta a alguien.

No sé si la ficción exagera la realidad o si la realidad empezó a copiar a la ficción con demasiada precisión. No sé si estamos más cansados que antes o si simplemente ahora tenemos un espacio para mostrarlo sin filtros. Tampoco sé si las películas nos ayudan a entendernos o si apenas nos acompañan mientras todo se vuelve un poco más áspero.

Lo único que sé es que después de leer esos comentarios, la risa de Relatos Salvajes empezó a sonar distinta en mi cabeza. Quizás menos liberadora pero más incómoda.

Y desde entonces me queda dando vueltas una pregunta que todavía no sé responder:

¿En qué momento dejamos de indignarnos por la violencia y empezamos a aplaudirla?.

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-DAMIÁN SZIFRÓN: LAS DESVENTURAS DE UN PARANOICO

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