tomás ghi. MÚSICO, DOCENTE, ESTUDIANTE DE LA LIC. EN HISTORIA, UNQ.
El pasado 22 de enero, Arctic Monkeys lanzó su primer single en cuatro años. Opening Night forma parte de un compilado a beneficio de War Child, la organización que trabaja con infancias afectadas por conflictos armados. El lanzamiento dialoga inevitablemente con un momento particular de la política internacional: un mundo atravesado por tensiones crecientes, guerras que ocupan el centro de la escena mediática y un clima global de inestabilidad.
Más allá de este marco complejo, Opening Night es también una nueva oportunidad para volver a escuchar a los oriundos de Sheffield hacer música, a veinte años del lanzamiento de su disco debut, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not.
Claro, el tiempo corre para todos y veinte años son suficientes para cambiar, crecer, mudarse, experimentar. Vale para nuestra vida como para la vida de una banda.
El sábado pasado cumplió años mi amigo Agustín. Somos amigos desde la secundaria y la música que nos gustaba fue algo que desde el principio nos unió. Después de ponernos al día, me preguntó si había escuchado el nuevo tema de los Arctic. La respuesta: sí, claro.
Además del vínculo de amistad que nos une —y que sobrevive al tiempo gracias al afecto—, compartimos un código que nació en otra dimensión: la música. Ese espacio no físico donde uno se encuentra con otro desde un gusto común, desde una sensibilidad compartida. Recuerdo haber escuchado hace algunos años a Adrián Dárgelos definir a la música como un “vehículo de emociones”.

Estuve de acuerdo entonces y lo sigo estando hoy. Simplemente es un canal por donde se permiten ver reflejados estados de nuestra emocionalidad que no residen en la superficie. Pero que, en una pieza musical y a través de la poesía, encuentran la forma de salir a la luz y, al final del día, de hacernos sentir un poco menos solos. ¿Viste cuando esa canción parece que habla de eso que estas atravesando? Es justamente ahí.
«Más allá de este marco complejo, Opening Night es también una nueva oportunidad para volver a escuchar a los oriundos de Sheffield hacer música, a veinte años del lanzamiento de su disco debut, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not»
TOMÁS GHI. ARCTIC MONKEYS
Algunas bandas funcionaron -y funcionan-como una especie de comunión sentimental. Un punto de encuentro que no es solo estético, sino también sensorial y emocional. Escuchar esta nueva canción provocó en mí un efecto rebote, pero en dirección al pasado.
Opening Night rompe su verso pasado el minuto de canción con el estribillo: “tonight is heavy at one side”. Ahí la batería de Matt Helders toma vuelo y aparece una guitarra fuzzeada que me devuelve algo que extrañaba. Ahí está Jamie Cook, o al menos su espectro en términos sonoros. Me pongo contento. Me gusta volver a escuchar ese sonido roto en una canción de los Monkeys, aunque ya no pueda asegurar si proviene de una guitarra o de algún sintetizador. Lo que sí es seguro es que, al entrar el estribillo, esa esencia de los cuatro aparece y uno los puede escuchar.
El bajo de Nick O’Malley se entrecruza con el swing de Helders, y no puedo evitar admitir que el baterista es el miembro de la banda cuya faceta antigua más extraño: esa versión más ecléctica y rockera que se deja escuchar en temas como “The View From the Afternoon”, “Brianstorm” o “Pretty Visitors”.

Opening Night tiene lo suyo, es aire fresco para estos días de calor y tiene destellos que marcan algunas diferencias con el material anterior más reciente de los monos. Ahora bien, sobre todo en los versos, la canción puede también ser catalogada como “música de ascensor”, haciendo eco de las críticas más provocadoras que uno puede apreciar en las redes sociales. Si bien no estoy 100% de acuerdo con esa categorización de esta última etapa de los Arctic, puedo comprender por donde pasa la crítica.
Ha trascendido el hecho de que, a partir de luego de la salida de AM (2013) Alex Turner reemplazó a la guitarra por el piano a la hora de componer, cuestión que trastocó el resultado final a la hora de crear sus piezas musicales. En todo caso, habla de una metamorfosis y eso siempre es bienvenido. Su voz también ha cambiado y en esta última década Turner ha dado un salto enorme como artista y como vocalista especialmente. En “Sweet Dreams TN” de The Last Shadow Puppets, su proyecto paralelo, es quizás una de las canciones donde mas se pone de manifiesto esta evolución en sus capacidades como cantante.
Arctic Monkeys dejó de ser hace tiempo una banda de cuatro integrantes en sentido estricto. Además del núcleo clásico -Turner, Cook, Helders y O’Malley-, hoy hay toda una constelación de músicos que participan tanto en estudio como en vivo: Tom Rowley en guitarras y sintetizadores; Davey Latter en percusión; Scott Gillies en guitarra acústica; Tyler Parkford en teclados, pianos y coros.
Temas como “Sculptures of Anything Goes”, del último álbum The Car (2022), es una de mis favoritas de esta nueva etapa: una vibra oscura, pesada, casi cinematográfica, inaugurada ya en Tranquility Base Hotel & Casino (2018). “How am I supposed to manage my infallible beliefs?” canta Alex Turner, y la frase pesa tanto como el sonido electrónico que Davey Latter ejecuta en vivo desde su pad hexagonal estilo Simmons, evocando inevitablemente en mi memoria las primeras épocas de New Order en las que el bajista Peter Hook accionaba un pad casi idéntico en sus presentaciones.
«Ten years later, it’s been a decade
OPENING NIGHT.
Coming together in a suitable space
Mystery boxes from which you cannot escape
Sticking your neck out in a spiritual way«
La retrospectiva aparece explícita. Ese verso me hizo pensar diez años, y hasta más atrás también. De algunos, elijo mi primer recuerdo escuchando a Arctic Monkeys. En mi casa de la calle Bernardo de Irigoyen en Quilmes. Mis padres habían comprado Favourite Worst Nightmare en CD, en 2007, año de su lanzamiento. Era un objeto más de la casa para investigar. Primero los escuché sin verlos; después, gracias a la televisión, les puse cara a esas canciones que sonaban en el living. El tándem inicial de “Brianstorm” y “Teddy Picker” me resultaba demoledor. Con escuchar eso ya me bastaba, me acuerdo de que los repetía en loop. Luego me animé a dejar correr el disco completo y descubrí otros temazos como “This House is a Circus” u “Old Yellow Bricks”.
Como muchos otros, crecí en tiempos de Much Music, VH1 y MTV. De CDs, DVDs y una relación con la música que todavía no estaba completamente mediada por algoritmos. YouTube ya existía, pero la masividad del consumo pasaba por otro lado. Recién hoy dimensiono cuánto de toda esa experiencia a la hora de escuchar música pesó en mi relación con el arte, en el significado y hasta cierta en “épica” que uno le otorga a esos momentos del pasado que ya son imborrables.

En el medio pasan nuestras vidas. Como dijimos, este año se cumplen veinte años del primer disco de Arctic Monkeys. Por este motivo, por las redes comenzaron a aparecer varios recuerdos, memorabilia y fotos ineditas. Mark Bull (@mdb1stac en Instagram), colaborador de la banda desde sus primeros días —director del video de Fake Tales of San Francisco y fotógrafo de sus giras—, ha estado subiendo algunas fotos de su archivo personal que vale la pena no perderse si los Arctic te han acompañado durante estos años.
Escuchar el material nuevo de ellos logró transportarme, no me pasó indiferente y un poco me obligó a mirar atrás. Su música ya no remite a una euforia adolescente, sino al recuerdo de esos momentos vividos y de los vínculos que fueron cambiando a lo largo de los años. La juventud y la adultez temprana.
Y sí, al disponerme a escuchar un vivo de la banda en estos los últimos años, la voz teatral y pausada de Alex Turner por momentos me irrita —¿podés cantar a tiempo?—, pero el cariño sigue ahí. Escuchar Opening Night fue como reencontrarme con un amigo que no veía hace tiempo, con alguien que ahora vive lejos pero que compartí una parte importante de mi vida, o volver por un segundo al living de mi casa donde escuché Favourite Worst Nightmare por primera vez.





