-POR CARLOS RAIMUNDI. Escrito para TEKNOTIKOS.WEBSITE
La Venezuela Bolivariana es una olla a presión desde hace muchos años.
Si, por encima de nuestra ideología o predilección política, aplicamos el principio de realidad, comprobaremos que el tiempo que una olla puede soportar la presión no es infinito. En algún momento es necesaria una válvula de escape que la atenúe, y evite el estallido. Cuando esa válvula se abre, actúan dos fuerzas de sentido contrario: una endógena que pugna por liberarse y la presión externa.
Quizás, sólo quizás, pero nada menos que quizás, estemos transitando ese momento.
La Venezuela de Chávez, con el barril de petróleo a más de 100 dólares, PETROCARIBE, el No al ALCA y el predominio de gobiernos populares en la región, transitaba en un medio ambiente propicio para la fuerza emancipadora. Por el contrario, la desunión del continente, el crecimiento de las derechas, la desfachatez de Donald Trump y el rudimento de un orden internacional alternativo que hasta el momento no se ha establecido, componen hoy un clima de época funcional a la intervención imperialista.
Por ello, y siempre por encima de nuestra voluntad y de todo dogmatismo ideológico, tal vez lo más atinado en un momento como el presente, sea trabajar por la estabilización del proceso, como alternativa a la violencia absoluta. Entendida la estabilidad como una escala obligada en la larga y sinuosa travesía emancipadora.
ANÁLISIS PRELIMINAR
La historia demuestra que toda transición hegemónica presenta momentos de confusión, mientras se reacomodan los factores que van delineando el nuevo orden. No escapa a ello el actual proceso de reconfiguración del orden mundial, que parte de una unipolaridad que frustró el anhelo de una humanidad más justa, hacia un sistema donde el poder internacional se preanuncia más distribuido.
Si bien estaba escrita en el documento “Estrategia de Seguridad Nacional 2026”, la atrocidad de Donald Trump para con América Latina, llevada a los hechos en Venezuela como canal de acceso, no dejó de impactarnos como una de esas distopías que suelen discurrir en el cine y la literatura fantástica. En ellas se engendran criaturas extraordinarias, monstruosas, que quiebran todas las reglas de la racionalidad y de la lógica: sucede lo que nunca hubiéramos creído que sucedería. Y, como ocurre también en esas mismas historias fantásticas, la humanidad se rescata a sí misma a partir de la solidaridad y la organización en torno a valores comunitarios. Valores que permitan la restitución del orden mínimo necesario para reorganizar la convivencia.

Para el caso concreto del ataque a Venezuela, se requiere además, no subestimar la capacidad de planificación, financiamiento y coordinación internacional del neofascismo. No se trata sólo de un antojo de Trump. Y no se trata sólo de Venezuela. Sugestivamente, 48 horas antes del operativo, el presidente de la Argentina —lacayo de Trump— emitió un decreto por el cual todo manifestante en Argentina en apoyo de la soberanía de Venezuela puede ser acusado de terrorista, y convocó a formar una internacional de gobiernos de ultraderecha.
La distopía, encargada de quebrantar hasta el último vestigio de un orden social basado en reglas éticas, se mueve en todos los planos. Falsifica la información para conseguir aliados en la batalla cultural como prerrequisito de la batalla en el territorio, ya sea el territorio físico como el digital, plagado también de barrios, avenidas, intersecciones y autopistas.
Nos fue preparando mediante la naturalización de masacres como la de Sudán y el genocidio en Gaza, ocultado y silenciado. Y también con las deportaciones inhumanas de inmigrantes, forzados a serlo por las propias políticas de miseria aplicadas por el imperialismo en sus países de origen. Y luego con la ejecución de navegantes indefensos de lanchas pesqueras en pleno mar Caribe. Es la ilegalidad, la ruptura de todo orden establecido y previsible, por encima de todo, como antesala del nuevo orden neofascista que encarna Donald Trump.

Los últimos acontecimientos no logran modificar mi convicción de que la tendencia al cambio de hegemonía del actual dominio atlantista hacia el eje indo-pacífico, es irreversible. La supremacía china en áreas sensibles como la tecnología de quinta generación, la inteligencia artificial o las energías limpias, las obras de infraestructura, las rutas comerciales, el patentamiento de nuevos materiales, la presencia en las grandes cadenas de suministro y el fortalecimiento de Rusia a partir de la guerra en Ucrania, tanto desde el punto de vista militar como económico-financiero, así como la declinación del dólar en los grandes contratos internacionales, constituyen factores concluyentes a favor de esa tendencia.
Pero la reconfiguración del orden internacional no es un camino lineal plagado de certezas, sino que, ineludiblemente, atraviesa momentos de incertidumbre y disrupción. El poderío militar que le ha permitido circunvalar a Rusia y a China a través de conflictos de baja intensidad; la utilización de los aranceles como arma política en contradicción con las reglas de la perimida OMC, y su involucramiento en las elecciones de América Latina a través de la extorsión financiera, junto con su propio estilo personal, son herramientas de la contraofensiva del capitalismo financiero, que, reitero, no modifican la tendencia histórica, pero sí la complejizan.
También contribuye a dilatar el proceso de su declive el crecimiento de las tendencias de derecha en América Latina. La derrota de las opciones nacional-populares en Bolivia, Chile y Honduras, se suma a la adhesión con que sigue contando el gobierno argentino, que, entre otras cosas, le permite el control de la ruta antártica sin necesidad de que Trump apele a una excentricidad similar a que ejerce con Groenlandia en el Ártico.
EL FENÓMENO DONALD TRUMP
El histrionismo y la violencia extrema, ya sea para la represión interna, para su política migratoria, el castigo a sus opositores, los aranceles y las sanciones económicas y las amenazas militares, constituyen el estilo de Trump. Y gracias a ese estilo es que ante cada problema, consigue una visibilidad mucho mayor que el poder que realmente tiene para resolverlo.
Con esa apelación constante al paroxismo, trata de disimular tres debilidades: a) la pérdida de hegemonía de los Estados Unidos en el plano internacional; b) en el ámbito doméstico, las grietas existentes hacia el interior de las élites de poder interno, la descomposición de la economía interna, tanto a nivel macroeconómico como de la economía del ciudadano de a pie, y la segmentación social; y c) su propio desprestigio personal en particular.

A Trump lo repudian sus opositores e incluso algunos de sus camaradas republicanos, los millones y millones de inmigrantes, y la parte de la sociedad que no tolera la violencia policial que él incentiva, ni su intención de tapar con temas internacionales, el juicio que enfrenta por su relación con el magnate Jeffrey Epstein, procesado por graves delitos sexuales y cuyo misterioso suicidio fuera reportado en 2019 en una cárcel de Nueva York.
Muchas celebridades de Hollywood, así como alcaldes y gobernadores de la oposición se encargan de alzar la voz en representación de aquel repudio social. Pero, con su ampulosidad y su desmesura, Donald Trump trata de presentar públicamente con el mayor decoro posible el declive estratégico de su país, y vender caro su desprestigio personal.
Paradójicamente, y por razones antitéticas a mi pensamiento, Trump está logrando algunos objetivos que son congruentes con la aspiración de vastos sectores del campo nacional y popular. Me refiero concretamente a poner fin al llamado “orden liberal basado en reglas” (siempre impuestas por el poder hegemónico y funcionales a su consolidación), que dominó a la humanidad durante los últimos 40 años. Y también a la deslegitimación progresiva y quizás definitiva de los organismos multilaterales, ya sean políticos, económicos o militares, que sostuvieron a ese orden hegemónico neocolonial.

Desde luego que lo hace para implantar un modelo antagónico respecto de nuestras aspiraciones, pero está certificando la división de la OTAN (depositando en Europa los costos de la guerra en Ucrania y entrando en conflicto por anexión de Groenlandia), y el debilitamiento por inoperancia de los organismos multilaterales. De las instituciones financieras de Bretton Woods se está encargando la economía china y las nuevas instituciones que derivan de su preeminencia.
En suma, sus bravuconadas ¿son una señal de fortaleza, o expresan los últimos estertores de la dominación atlantista? Para quien escribe estas líneas, la pérdida de legitimidad de los valores atlantistas y de las instituciones que los sostuvieron es insoslayable. Cuanto menos, lo es la pérdida de su pretensión de universalidad. En el mundo asoman irrefutablemente otras miradas que no están dispuestas a acatar la uniformidad. Aunque, lamentablemente, América Latina no esté todavía en condiciones de erigirse en bloque como uno de esos nuevos polos de poder.
VENEZUELA
La cuestión Venezuela no puede sustraerse a este marco general.
Tratando de no ser reiterativo, sólo me detendré en un par de razonamientos. En primer lugar, si la oposición liderada por Corina Machado hubiese realmente ganado las elecciones de 2024, y especialmente por el amplísimo margen expresado por la prensa hegemónica, ¿cómo es que una vez depuesto Nicolás Maduro, con la notoriedad que otorga el premio Nobel y con el favor político y militar de la principal potencia imperialista, las masas no se levantaron y salieron a las calles creando el clima de conmoción social tan ansiado por los poderes fácticos internos y externos, y se hicieron del gobierno? La respuesta es muy sencilla. Es porque aquella supuesta victoria electoral había sido una mentira más de todas las que fragua la prensa monopólica de occidente como un arma fundamental de la guerra híbrida.
En las dos oportunidades en que estuve en Caracas y otras zonas del país en el último año y medio, me llamaban de Argentina para comentarme hechos de profunda conmoción social que eran propagados por medios oligárquicos, diciéndome que ocurrían en el mismo lugar donde yo estaba, rodeado de absoluta calma.
El clima social que los medios hegemónicos presentan a nuestras sociedades no es la realidad. El mismo Trump, aún con toda la desmesura que lo caracteriza, no dejó de demostrar su pragmatismo al desechar la posibilidad de que Corina Machado se hiciera cargo del país, porque sabe profusamente que es la estructura del poder Bolivariano quien ostenta el control político del país.
El correr de las horas desestimó los rumores de agrietamiento y traición interna, ensayados como estrategia para debilitarlo. La sala constitucional de la Corte confirmó que la inhabilitación de Nicolás Maduro es transitoria, lo cual permitió la jura de Delcy Rodríguez y disipó la posibilidad de convocar a nuevas elecciones, en una clara muestra de cohesión institucional. La Asamblea Nacional inauguró en tiempo y forma sus sesiones, con un discurso conmovedor al mismo tiempo que sólido del hijo del presidente secuestrado. Y la presidenta encargada asumió en ese mismo carácter, juramentando su fidelidad a Maduro.
«Me llamaban de Argentina para comentarme hechos de profunda conmoción social que eran propagados por medios oligárquicos, diciéndome que ocurrían en el mismo lugar donde yo estaba, rodeado de absoluta calma».
CARLOS RAIMUNDI.
En el mismo sentido se pronunciaron los ministros más relevantes del Poder Popular como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López.
En su alocución anual ante la Asamblea, Delcy Rodríguez reafirmó la continuidad de los grandes lineamientos políticos de Nicolás Maduro orientados a proseguir con la recuperación económica, no obstante el despiadado bloqueo comercial y financiero y las más de 1.000 sanciones unilaterales contrarias al derecho internacional y causantes del sufrimiento extremo que Venezuela trata de dejar atrás.
Para esquivar ese bloqueo, y pese al rechazo explicitado por Donald Trump en la versión 2026 de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, la presidenta interina resaltó que “Venezuela tiene derecho a relacionarse con China, con Rusia, con Cuba, con Irán y con todos los pueblos del mundo.”
Ratificó el rumbo de la política de producción y comercialización de petróleo reiniciada por Nicolás Maduro hace más de dos años, la cual, luego del pronunciado deterioro de años anteriores que incluyó la confiscación de las ganancias de CITGO —la comercializadora venezolana en los Estados Unidos— alcanzó una producción de alrededor de 1.000.000 de barriles diarios y la firma de contratos con la empresa Chevron. “No estamos inventando el agua tibia, estamos sí en medio de una agresión y de una feroz amenaza, moldeando lo que debe ser una cooperación energética basada en la decencia, la dignidad y la independencia”, dijo Delcy Rodríguez.
Toda divisa que ingrese por dicha cooperación energética pasará a integrar dos fondos soberanos: el primero, de protección social, para hospitales, escuelas, alimentación y vivienda; el segundo, para infraestructura y servicios de agua, electricidad y vialidad. La mandataria solicitó a la Asamblea la creación de una plataforma tecnológica que transparente el uso de esos recursos, disipando “todo tipo de indolencia, burocracia y corrupción.”
Garantizó también la continuidad de las políticas de seguridad y soberanía alimentarias en curso, producto de la diversificación de la producción nacional y la sustitución de importaciones, tan necesaria y postergada durante muchos años. Y presentó un proyecto de ley para la aceleración de todos los trámites que pudieran verse obstaculizados por el bloqueo o dificulten la llegada de inversiones.
En otro tramo de su discurso Rodríguez reafirmó el camino de la democracia directa y el poder popular, gracias al cual se ejecutaron 35.000 proyectos por parte de los Consejos Comunales, que habían sido decididos por el modelo de gobierno de comunas.
Otro logro para el gobierno bolivariano es el cambio de actitud de los presidentes de Brasil y Colombia, Lula y Gustavo Petro respectivamente, que afortunadamente han decidido construir un vínculo fluido y cotidiano. Pero vale la pena señalar que todas estas políticas, así como la situación de inmigrantes y personas detenidas, son las que el presidente Maduro venía desarrollando, e incluso expresando a Donald Trump y a sus enviados durante todas las semanas previas al deleznable operativo militar que concluyó con su secuestro, disipando toda duda de traición o discontinuidad.
EL DESFILADERO QUE PUEDE CONDUCIR A LA ESTABILIZACIÓN
¿Y si efectivamente estas políticas fueran la continuidad de lo que ya se estaba conversando con los Estados Unidos durante el pleno “imperium” de Nicolás Maduro?
¿Y si —merced a todo lo sembrado durante sus más de dos décadas de gestión— esa continuidad del gobierno bolivariano como único garante real de la tranquilidad social, fuera un factor central para la estabilidad de la región?
¿Y si Donald Trump, debido al rasgo esencial de su excentricidad, necesitaba presentar la nueva situación como resultado de su intervención, es decir, como un “trofeo” personal, y por eso procedió al secuestro de Maduro otorgándole un formidable impacto mediático? Un “trofeo”, eso sí, extremadamente sanguinario, que costó la vida de decenas de custodios del presidente Maduro, y de pobladores de las barriadas civiles linderas al Fuerte Tiuna. Y también, probablemente, de algunos atacantes del personal militar de los propios Estados Unidos, lo cual implicaría un costo judicial y político muy grande para el propio Trump.
Donald Trump expresó que no siente ninguna obligación de atenerse al derecho internacional, sino que su único límite es su moral personal. Por lo tanto, se trataría de un “trofeo”, a la postre, demostrativo a un mismo tiempo de su pragmatismo, y también de su propia inmoralidad.
«En suma, estamos ante una superpotencia económica y militar que condiciona al máximo la autonomía de la región y sus posibilidades de lograr acuerdos razonables que respeten la soberanía de nuestros países»
CARLOS RAIMUNDI.
Desde luego que, como telón de fondo, está el juicio que debe afrontar Maduro ante los tribunales de los Estados Unidos. Pero, como ya lo hemos visto en América Latina, en aquel país el sistema judicial no es imparcial, sino que adhiere a los avatares de la política. Por lo tanto, el decurso del juicio dependerá mucho de cómo evolucione la situación política interna de Donald Trump, del resultado de las elecciones legislativas de medio término, y también de otros acontecimientos internacionales. Por poner sólo un ejemplo, de cómo evolucione la situación de Irán y ello afecte los intereses estratégicos de Rusia y China.
En suma, estamos ante una superpotencia económica y militar que condiciona al máximo la autonomía de la región y sus posibilidades de lograr acuerdos razonables que respeten la soberanía de nuestros países. Pero aún así, la omnipotencia del imperialismo norteamericano llevado al paroxismo por Donald Trump se encuentra con límites internos, regionales e internacionales. De cómo evolucione esa tensión dependerá su resolución. El margen para la estabilización pacífica, si cabe el término, es muy estrecho, pero su alternativa es la violencia y la inestabilidad crónicas.
El final está abierto. Tanto Trump como el gobierno bolivariano tenían que descomprimir la presión, y Trump no podía aceptar que sucediera por el devenir natural de los hechos, sino que necesitaba exhibir una victoria, un trofeo. Tal vez, si el conjunto de los actores internacionales, —como Brasil, Rusia, China, los BRICS y Europa— actuaran en consecuencia, el secuestro de Maduro podría frenarse y no avanzar más peligrosamente, hasta lograr su restitución. Y se logre despolarizar el sistema político de Venezuela entre el gobierno y la oposición más institucionalista y no golpista, y prosiga el calendario electoral en curso.
Las fuerzas progresistas de la región deberíamos apostar, a partir del entorno que nos ofrece la realidad de la etapa y superando el dogmatismo y el maximalismo ideológico, a la estabilización, como escala obligada en el camino de la emancipación.
UN GRAN FRENTE
Lo dicho no implica en absoluto ni pasividad ni resignación. Y, aún cuando asumimos las limitantes que nos impone la etapa (el poder militar del imperialismo, el crecimiento de las opciones electorales de extrema derecha, la fragmentación del sujeto social emancipador), tenemos que bregar por la constitución de un amplio frente regional e internacional antiimperialista.
Y también antifascista, en sus tres dimensiones: a) como contención del autoritarismo inherente al fascismo (entendido éste como un concepto general, no a partir de tecnicismos históricos o académicos); b) como límite a su contenido intrínsecamente supremacista; y c) como una muralla a su pretensión de universalidad. Como una señal de respeto por la diversidad de historias, culturas y tradiciones que pueblan el planeta.
Un frente antifascista y antiimperialista que, de haberse concebido a tiempo, hubiera evitado que Lula obstaculizara el ingreso de Venezuela a los BRICS, y quizás con ello hubiera descomprimido la situación para que no llegara a las instancias actuales.
Un frente antiimperialista y descolonizador que, entre otras tareas, asuma como misión central distinguir cuándo una protesta social persigue objetivos legítimos de emancipación, y cuándo, en cambio, se trata de una desestabilización planeada y financiada desde el exterior para crear así la crisis política interna de un país y justificar la intervención extranjera.
«¿Y si fuera que Trump realmente está fuera de sus cabales y prefiere que estalle el planeta antes que verse obligado a compartir el poder con las potencias emergentes».
CARLOS RAIMUNDI.
Que además asuma como misión distinguir cuándo una figura política está detenida por haber conspirado contra la democracia como Bolsonaro, y cuándo está detenida como un castigo del lawfare por haber luchado por democratizar el poder como Cristina o Maduro.
En fin, que no convierta en una categoría universal sucesos como las protestas sociales o la detención de figuras políticas, por fuera de sus objetivos de colonización o descolonización, de opresión o de emancipación, de sometimiento o de soberanía.
Y que, ante la disputa por el sentido común como arma fundamental de la presente guerra híbrida, asuma también como misión la desmonopolización de la prensa hegemónica y la regulación de los gigantes digitales, absolutamente cooptados por el poder financiero globalizado.
Sé que se trata de un objetivo muy difícil, pero que intenta estar a la altura de la gravedad y la complejidad de la etapa. Lo veo como la única alternativa para responder a la pregunta tal vez más delicada.
¿Y si fuera que Trump realmente está fuera de sus cabales y prefiere que estalle el planeta antes que verse obligado a compartir el poder con las potencias emergentes, que no son estados débiles sino estados-civilizaciones como la India, Rusia, China o la cultura persa, o los saberes ancestrales de indo-América?
¿Y si fuera que Trump se cree dueño del mundo y como tal, y, como Hitler en su momento, está dispuesto a todo?
¿Qué otra opción que un gran frente de la Humanidad para sostener valores mínimos de convivencia y organización social podrían detenerlo?





