JULIO SOSA: A 100 AÑOs DE UN GRAN INTÉRPRETE

por | Feb 2, 2026

El tango me había entrado de chico. Como en tantos casos de mi generación, la radio en casa estaba clavada en Rivadavia. Y en sus mañanas, Antonio Carrizo y Héctor Larrea ponían muchísimo 2×4.

Luego, de adolescente, sin negarlo ni ponerme en la vereda de enfrente, dejé de escuchar tango. O escuché mucho menos. Pasado el tiempo, alrededor de los 18 o 19, lo volví a poner entre mis músicas habituales. En ese momento me deslumbré con Julio Sosa (recuerdo escuchar Rencor en la radio del auto de mi jefe de la colimba con mucha emoción).

Me ganó por el lado de la interpretación, decididamente diferente a la clásica entre los cantores. En Sosa hay una sobreactuación, una hipérbole interpretativa que terminó por divertirme muchísimo. Escuchar Madame Ivonne por «El Varón», por ejemplo, me causa una especie de gracia y ternura que otros cantores no me generan.

«Lo fui escuchando menos con el paso de los años. Porque uno va investigando, va poniéndole una oreja diferente, más adulta, a otros cantores y se cruza con Floreal, con Marino, con Rivero, con Charlo, con el Polaco (con el Polaco!!!!) y con Gardel, claro».

DIEGO JOY.

Lo fui escuchando menos con el paso de los años. Porque uno va investigando, va poniéndole una oreja diferente, más adulta, a otros cantores y se cruza con Floreal, con Marino, con Rivero, con Charlo, con el Polaco (con el Polaco!!!!) y con Gardel, claro.

Y la verdad es que todos esos (y algunos otros de ayer y de hoy) terminaron por gustarme más que Julio Sosa. Pero si me quiero divertir, si quiero verle ese punto grotesco -si se me permite el término casi atrevido- a algunas letras, sabré perfectamente donde encontrarlo.

Julio Sosa, nació el 2 de febrero de 1926, en Las Piedras, Uruguay. Su orígen fue muy humilde, hijo de Luciano Sosa, un peón rural y Ana María Venturini su madre, lavandera y trabajadora doméstica. Vino a probar suerte a Buenos Aires en 1949, en pleno peronismo. Cantaba en el Café Los Andes, de Chacarita, y después comenzó su camino ascendente: primero se presentó con la orquesta liderada por el violinista Enrique Mario Francini y el bandoneonista Armando Pontier (1949-1953), con la que realizó 15 grabaciones. Después, con Francisco Rotundo (1953-1955), con el que grabó 12 temas. A mediados de los años 50 regresó con Pontier, ya desvinculado de Francini. En esta última etapa, grabó algunos de sus mayores éxitos: “Cambalache”, “Padrino Pelao”, “Tengo miedo” y “Araca la cana”, entre ellos. En los años 60 cantó junto a la orquesta de Leopoldo Federico.

Junto a él grabó algunas de las versiones que se convertiría en clásicos de tangos como “La cumparsita”, “Nada”, “En esta tarde gris” o “Qué falta que me hacés”. En 1964, además, se lució junto a Beba Bidart en la película Buenas noches, Buenos Aires, de Hugo del Carril. Lamentablemente murió jóven en un accidente automovilístico, el 26 de noviembre de aquel año, cuando volvía de una despedida de soltero en el barrio del Abasto e iba rumbo a la Costanera.

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