Los dos, mi hijo y yo, estábamos tirados sobre una reposera mirando el cielo. Él, con apenas once años, me preguntó por el Seiko de mi abuelo, ese reloj que sabe que recibí al nacer.
Le conté de dónde venía, cómo me lo había dado y cuándo empecé a usarlo.
—Algún día podría ser tuyo —dije sin pensar.
Abrió los ojos grandes, más llenos de felicidad que de sorpresa.
“Algún día podría ser tuyo”.
¿Dónde escuché esa frase? No es una expresión mía. Desde algún lado esas pocas palabras habían viajado hasta mi boca. Sabía que ya las había escuchado antes, quizá muchas veces.
¿En alguna película?
Interstellar.
No la relacioné de inmediato con la película, pero el nombre se fijó en mi mente como si alguien hubiera sobreimpreso el título delante de mis ojos. Todo parecía encajar: reloj, padre, hijo, tiempo. Demasiado exacto.
Sin embargo, algo no cerraba. Escaneé los recuerdos y no encontré ninguna escena en la que Cooper le dijera a Murph algo semejante. La frase provenía de otro lado. Era el eco de una fracción de memoria que se negaba a ser descubierta.
Si pude copiarla y pegarla en el momento preciso es porque alguien —o algo— ya la había usado para expresar una emoción parecida. Tal vez en una pantalla. Tal vez muchas veces.
Nunca corrí a un aeropuerto en busca del amor de mi vida que estaba a punto de partir, pero sí le propuse matrimonio junto al río a quien hoy es mi esposa.
El amor fue sincero. La propuesta también. Pero si la planeé así es porque, en algún lugar, ya había visto esa escena. Fue cursi, lo sé. Pero así lo había soñado siempre.
A veces sospecho que ciertas escenas ya fueron ensayadas por otros y que uno simplemente las repite cuando llega el momento.
Hay una educación sentimental que practicamos porque alguien la ejecutó antes y funcionó. Como si fuéramos actores de una obra que ya terminó pero que seguimos representando con obstinada pasión.
En El viento se llevó lo que, de Alejandro Agresti, un pueblo aislado de la Patagonia construye su manera de hablar y de vincularse a partir de viejas películas proyectadas con los rollos mezclados y fuera de orden que les llega de otros cines antes de ir a morir ahí.
De esos fragmentos desarticulados arman su realidad.
Un buen día, los jóvenes empiezan a filmar sus propias películas con la misma lógica desfasada con la que actúan en la vida.
«Philip K. Dick tenía razón, pero no en el sentido de las máquinas o las simulaciones. No vivimos dentro de un programa digital. Vivimos dentro de una biblioteca invisible de escenas que otros escribieron antes que nosotros».
CHARLY LONGARINI.
Cuando un actor veterano —estrella de esos filmes— llega al lugar, el delicado equilibrio se altera y queda expuesto hasta qué punto sus vidas están moldeadas por historias vistas en la pantalla.
Hay una escena en la que los vecinos miran la proyección en silencio, con el viento patagónico filtrándose por las hendijas del salón. La película salta, los rollos cambian de orden, un beso se superpone con una pelea y luego con una despedida. Nadie parece desconcertado.
Más tarde, un muchacho repite una frase de amor que acaba de escuchar en la pantalla. La dice en medio de la calle de tierra, mientras el viento levanta polvo alrededor. La chica lo mira sin ironía. La frase queda suspendida en el aire. La cámara no se burla: observa.
La premisa me pareció maravillosa cuando la vi en VHS, durante una clase de Dirección de Cine I. Imaginé a Agresti como una especie de Nicanor Parra con cámara al hombro: un poeta irónico dispuesto a burlarse de nuestro consumo cultural.
Hoy, en cambio, la película se me revela menos irónica y más inquietante.
¿Cuántas de mis decisiones son realmente mías?
¿La forma en que amo, prometo o consuelo a alguien la inventé o la heredé?
Pienso en la frase que le dije a mi hijo. En el reloj apoyado sobre mi muñeca. En esa escena junto al río cuando me arrodillé con torpeza.
A veces sospecho que no improvisamos nada. Que entramos en escena cuando ya sabemos el parlamento.
Philip K. Dick tenía razón, pero no en el sentido de las máquinas o las simulaciones. No vivimos dentro de un programa digital. Vivimos dentro de una biblioteca invisible de escenas que otros escribieron antes que nosotros.

¿Y si mis recuerdos no son más que imágenes vistas tantas veces que terminaron por parecer propias?
¿Qué parte de mi vida estoy viviendo y qué parte estoy repitiendo?
Muchas preguntas, ninguna respuesta que no roce la locura. Se supone que nuestras emociones emergen desde lo más básico de nuestra esencia, pero sí también pueden ser moldeadas.
¿Qué sucede entonces con nuestros pensamientos y nuestras decisiones cuando convivimos con otros?
Al final no era Interstellar. Tampoco era el reloj ni la charla entre un padre y su hijo.
Había alguien más con nosotros cuando dije: “Algún día podría ser tuyo”.
Y cada noche me duermo con la sospecha de que el material de mis sueños no es más que escenas descartadas de una película que alguien ya filmó.
Tal vez sea eso lo que el cine nos dejó.





