Hacia viernes salvajes
Poeta Chileno, de Alejandro Zambra, es la novela más hermosa con la que me crucé en los últimos años.
Llegué a ella, o mejor dicho ella llegó a mi, gracias a los comentarios de ciertos lectores que tengo en Facebook que recomiendan libros sin hacerlo explícitamente, por cierto, la única razón por la cual sostengo la red social de la F azul.
Sabía de antemano más o menos de que iba, de que estaba bueno pero nada me preparó para la lectura voraz que me poseyó durante los últimos diez días. Poeta Chileno es de esos libros que uno anhela volver a ellos cuando está simplemente viviendo. Es de esos, también, que uno se podría someter a un borrado de memoria para volver a experimentar lo mismo una y otra vez.

Gonzalo y Carla fueron novios (pololos) en la adolescencia. Años después se reencuentran en un boliche e inician, sin proponérselo seriamente, una relación nueva que no va necesariamente en continuado con la historia inconclusa del pasado. Gonzalo no es el mismo, está en sus veintitantos, se ha recibido en la carrera de Letras. Carla tampoco es la misma, en principio, porque es madre soltera de un hijo, Vicente. A partir de este nuevo ingrediente en su relación, Gonzalo experimentará la paternidad desde el lugar de padrastro mientras reflexiona sobre los límites, las formas, los significados y significantes de tener un hijastro, y de lo horrible que suenan esas palabras en comparación a lo lindo del vínculo que se genera entre ambos.
«Zambra pinta su aldea, un Santiago poblado de poetas en cuya fauna hay leyendas, viejos, maduros, jóvenes, gays, feministas, mapuches, y lo hace con toda la paleta de colores que tiene a mano».
CHARLY LONGARINI.
Más allá de la historia de amor, lo interesante de la novela es que pone en la superficie y en palabras las preguntas que la literatura no ha abordado en forma suficiente ni ha sabido responder en consecuencia sobre las familias ensambladas y la relación entre hijos y padres no biológicos.
Gonzalo es poeta, o anhela serlo, en un país donde los poetas crecen como los árboles, silvestres y resistentes. El estudio y la enseñanza de la Literatura es su vida, porque es lo que más ama, hasta que se cruzan Carla y Vicente en su camino. Profesa y milita la paternidad con persistencia y vocación. Y en eso se va el libro, entre poetas y poesías del país trasandino.
Zambra pinta su aldea, un Santiago poblado de poetas en cuya fauna hay leyendas, viejos, maduros, jóvenes, gays, feministas, mapuches, y lo hace con toda la paleta de colores que tiene a mano. La poesía habita en cada rincón de la narración, y si bien es consecuente con la tradición que le dió dos campeonatos mundiales a Chile, escribe de manera que no deja afuera al lector ajeno a ese universo. Sin conocer a los numerosos poetas que cita y nombra en reiteradas veces, la idea se entiende perfectamente.

Es más, su prosa, bien latinoamericana pero sin resignar lo chileno, usa vocablos de la jerga y del lunfardo de su país que se comprenden sin mucho esfuerzo.
Podría decirse, para tratar de simplificar el tono de Poeta Chileno, que es un cruce entre la novela Los detectives salvajes (de hecho Roberto Bolaño parece sobrevolar durante toda la novela como un padre literario) y la película Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) que es citada en un capítulo y no es para nada caprichoso el motivo. Podría decirse que, como en ambas obras, la de Zambra es una novela de iniciación, aunque creo que es mucho más que eso. Es una especie de tesis sobre la paternidad entre padrastros e hijastros y un relevamiento sobre la escena de la poesía chilena.
Poeta Chileno me llega en un momento especial de mi vida. Me emocionó por todos lados, y aunque no haya soltado una sola lágrima, logró conmoverme en lo más profundo.
Una sola cosa voy a adelantar pero sin decir demasiado. Cuando se cruza la mitad de las más de cuatrocientas páginas que tiene la novela, uno siente que falta una historia en todo el recorrido. Y hacia el capítulo final, esa historia por fin sucede de la mejor manera que podía suceder. Por cierto el final es hermoso, preciso y perfecto. Nunca leí uno igual.






