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ARTURO JAURETCHE: Basta de Zonceras

15 noviembre, 2020

Martinicito, y el paisanaje

Arturo Martín Jauretche nació en un pueblo habitado unos treinta años antes por los indios ranqueles. Un 13 de noviembre de 1901 en Lincoln vió la luz, el niño producto de la unión de una maestra y un empleado. Tenía descendencia vasco-francesa por parte de padre. Vivió una infancia en que se inculcaban los valores del recato, la austeridad y la guapeza «hacete hombre» solía ser el slogan del padre. «Yo a mi padre, no lo vi nunca sin revolver», diría Arturo años más tarde. Un hombre debía ser fiero y tener cara de póker, para ser respetado. Eran las máximas que tenía durante su niñez. Ya más grandecito, pero aún de pantalones cortos descubrió a la paisanada.

El mundo rural popular, le permitió según sus palabras, «sacarse el guardapolvo». Entender que existía un mundo concreto, que esos laguneros, paisanitos, que hacían la rabona con él, no tenían tapado de visón, ni perfume de París. No eran los distinguidos, eran una mayoría que no iba a Europa, tenía «menos» cultura que los cajetillas, pero más sabiduría del mundo real y tangible. Por esos años se lo oyó decir que «la realidad andaba en bombachas».

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El medio pelaje argento

A finales de la década del 50´ Jauretche comienza a realizar una lectura de la clase media emergente, crítica del peronismo derrocado y aspirando a un nivel socioeconómico que no le pertenece. Atrás quedaba FORJA, la verdadera oposición a la década infame, la denuncia a un sistema de corrupción y fraude. Un movimiento de característica nacionalista, en el que participaban Luis Dellepiane, Raúl Scalabrini Ortiz, y Homero Manzi. Además de ser funcionario de Juan Domingo Perón, durante su primer gobierno.

Su punta de lanza fue tener un lenguaje popular, que no quitara complejidad, pero le permitiera entender al hombre de a pie, de que se trataba.

Así, de un olvido del pasado reciente como clase media baja, nace el concepto peyorativo de «medio pelo». Una clase que de chico había vivido la miseria y el desempleo de los tristes años 30´, y luego realizó un ascenso en su posición social. Según el autor: «Son aquellos que el barrio les queda chico», «tiene procedencia de la clase media, pero psicológicamente ya está disociada». Es un grupo «que tiene una posición equívoca en la sociedad».

Es ostentosa y admira los consumos culturales de la clase media alta y alta. El concepto pintoresco entonces, definía a un grupo social que simula una posición que no tiene, y que aborrece de lo popular, pero no le dá el piné para tener un status alto, de élite.

Las definiciones de Jauretche, fundador de EUDEBA, la editorial de la Universidad de Buenos Aires.

La Intelligentzia

Los hijos del «medio pelo» van a la universidad, aquella que no comprendía- por formación- al peronismo entre 1946-1955. Nada cambia a finales de 1950 y principios del 60´ cuando los claustros en su generalidad se distancian del pueblo y de las causas nacionales. La clase dominante y poderes foráneos se encargan de la colonización pedagógica. Nuestros tecnócratas serán parte de la Intelligentzia, es decir un profesional desvinculado del destino de la Nación:

«Ha sido formado como profesional para su aprovechamiento, (…) ha estado al margen de todas las preocupaciones que lo vinculan al destino del pueblo y al país que pertenece..»

Jauretche, A. Los Profetas del Odio y la Yapa.

Entonces para Don Arturo es un hombre universal que aplica una técnica y casi es indistinto si se formó en el país o en el exterior. La intención de Jauretche era visibilizar las falsas estructuras ideológicas con las que piensan gran parte de los sectores medios, desde un empleado, un profesional y los intelectuales. Todos ellos adquieren una manera de pensar contraria a los intereses del país, situándonos como colonia del capital foráneo. Se quejaba así de los intelectuales que regateaban al pueblo trabajador:

» Nunca están del lado del guarda del tranvía que les cobra el boleto, ni del peón que les ensilla el caballo. están con los peones, con todos los peones del mundo, con los guardas, con todos los del mundo, con los pueblos, con todos los del mundo, así en abstracto. Ellos están con la libertad, pero nunca han seguido ha un vigilante gritando ¡Que lo larguen! a un preso de carne y hueso.»

Así, de esta manera hablaba Don Jauretche, hoy resulta de una vigencia inapelable, aún continúa Martincito como le decían de pibe, diciendo verdades incómodas.


Matías J. Escot es docente de Historia . Apasionado por la historia argentina, letras y política. Escritor, creador de www.relatosdelsur.com Autor del libro “Escritores en Combate 1”